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viernes, 1 de abril de 2011

Número equivocado


Llaman a la casa y preguntan por alguien que no está.  Yo les digo que están equivocados, que esa persona no vive acá, no vive.  Pero insisten y el teléfono vuelve a sonar.  Llaman y preguntan por alguien que no se encuentra.  Que yo no encuentro.  Les digo que están equivocados, que el llamado es equivocado.   Pero los que llaman, no son afables, y parecen desesperarse cuando niego.  Atiendo el teléfono a la madrugada y preguntan por alguien, les digo que ésas no son horas, que ese nombre no lo conozco, que están marcando mal.   Pero vuelven a llamar, y siempre preguntan por mí.

domingo, 28 de noviembre de 2010

El juicio


Nadie pudo decirle nada. Todos quedaron en silencio. El crimen más atroz se había cometido, y hay cosas que no tienen perdón.
Como es habitual en estos casos, la sociedad entera lo condena. Cualquier castigo es mínimo ante la gravedad del hecho.
Siempre todos asentían o proferían comentarios de espanto por debajo. Siempre todos se ufanaban de ser los jueces y darle a alguien el castigo que merece.
Lo condenaron a la pena de muerte por hacer diez copias de la película Ladrón de bicicletas.

domingo, 24 de octubre de 2010

Paralelismo de los acontecimientos


Se puede despertar para morir. Y además bañarse, elegir la ropa, ponerse perfume, observar  los detalles en el espejo, sonreír a la imagen del espejo.   Se puede salir de la casa con paso apurado y caminar cada vez más rápido para llegar a tiempo a la cita.   Se puede mirar el reloj, los minutos que pasan, calcular el tiempo perdido en el semáforo, el infortunio de una anciana caminando adelante.  
Se puede llegar al bar, pero antes dar un último vistazo en la vidriera de la zapatería, y volver a sonreír de la misma manera que en el espejo del baño.  Se puede pensar que estamos solos, creer que nadie nos está mirando, y entrar al bar donde Paula nos espera.   Se puede elegir una mesa junto con Paula que lleva un libro de poesía abajo del brazo y un saco de hilo de nube blanca. 
Podemos sentarnos al lado de la ventana para mirar con ternura la gente que transita, revolver el café pacientemente, sentir el ardor de una bala que perfora el vidrio y los pulmones. 

martes, 14 de septiembre de 2010

Amparo pierde su valija


La valija roja con el cierre negro y las costuras azules era exactamente igual al equipaje que había llevado a Vera Cruz. El problema fue que en la etiqueta de identificación en vez de figurar su nombre, decía: Amparo Lutgarda Gaitán Rodríguez de Compostela.
Encendió el aire acondicionado y se recostó sobre la cama. Desde allí, observaba la valija. Buscó el número de la aerolínea para hacer el reclamo. Después de innumerables llamados le dijeron que no hubo jamás un equipaje con su nombre. Los días pasaron hasta que una tarde decidió abrir la valija. Rompió el candado y comenzó a abrir el cierre. Amparo, su esposa, tenía los pies al costado de la cabeza.

El bosque oscuro


Las instrucciones decían: caminar por la costa, bordear esas inhóspitas orillas del mar hasta llegar a la tupida plantación de coníferas.
Seguí las instrucciones al pie de la letra. Caminé once pasos a la derecha, cuarenta a la izquierda, crucé las doradas arenas de los médanos y me detuve con el papel de las instrucciones en la mano. Seguí leyendo. Había que despejar en forma de círculo las hojas que estaban justo debajo de los pies. Quité una leve capa de tierra y abrí la tapa. Adentro había una cadena metálica agarrada a un tapón de goma. No seguí las instrucciones y tiré de la cadena.  Por ese pequeño hoyo se fue el mundo.

martes, 7 de septiembre de 2010

El accidente

A las cuatro de la tarde una liebre cruzó delante del auto. En un segundo, mordimos la banquina y una silente polvareda cubrió los tapizados. Nos quedamos callados sin apartar la mirada del parabrisas. El horizonte y la humareda del calor se desprendían del asfalto.
Faltaban veinte kilómetros para llegar a Venado Tuerto. Nadie podía moverse. Aún permanecían los dedos incrustados en los asientos, en las manijas de las puertas.
El miedo estaba en esos ojos atroces de la liebre, y al costado del neumático, el cuerpo de la mujer que la llevaba.