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jueves, 6 de octubre de 2011

Una casa en la costa




“Me precipito contra las paredes, golpeo el techo con las alas; en resumen, hago todo lo que se puede hacer en este mundo,
menos volar fuera.”
Katherine Mansfield


Se recostó sobre una roca. Desde allí se dejó caer por la línea del horizonte. Las olas salpicaban con espuma salada el aire. El sol había desaparecido. Las personas ya no paseaban por el otro lado de la orilla. El mar era el espacio más extraño del mundo y la roca, una balsa que seguía el ritmo de la marea. Su cuerpo se hundió sobre la superficie rústica y helada. No había quedado nadie cerca de la costa, ni el perro de la playa, ni una sola voz, ni siquiera el viento. Unas gaviotas sobrevolaban, entre un silencio abrumador, el océano.
A veces la vida era eso. Una ciudad pequeña a orillas del mar. Un balneario abandonado a las inclemencias del invierno. Los ralos arbustos golpeados por el viento. Las dunas adormecidas por una caricia dorada. Una piedra ancestral anclada en la orilla. Un barco a vapor cruzando el horizonte. La sombra de ella desapareciendo en aquella unidad que el muelle no podía entender.
Más allá, justo detrás de su pasado, las casas de veraneo permanecían con las persianas cerradas y las habitaciones en esa oscuridad fría del encierro. Los colchones húmedos y las alacenas estaban colmados de hormigas. Las redes de pesca habían quedado atadas a los árboles y las reposeras apiladas con las lonas descoloridas. Los juguetes playeros fueron olvidados entre la gramilla de los jardines y los carteles, aún indicaban se alquila y hay carnada, sobre los pedazos de maderas corroídas. 
Los objetos dormían estáticos en esa ciudad que parecía abruptamente abandonada, como si todos sus habitantes hubieran sido expulsados por una catástrofe.  Sin embargo, una inusitada paz invadía el aire y la brisa marina era realmente la efervescencia del mar, era él mismo, él con todo su esplendor, salvado de la mano del hombre. Era una ciudad para el mar, exclusivamente hecha para él. 
La bahía sufría la nostalgia de las tardes de sol radiante, bebidas frías bajo la sombra, sandalias y toallas sobre la arena, rostros sonrientes saltando las olas, gritos emocionados al intentar volver a la infancia, sombrillas coloridas donde se hospedaban ruidosas familias para almorzar.
El horizonte, aquella línea imaginaria sobre la que se deposita un límite humanamente necesario, se hacía cada vez más curvo, hasta que todo llegó a estar vertical, incluso su cuerpo sobre la piedra.  Se sumergió en la selva del océano; los peces de colores, los crustáceos de piel rugosa, aquellas protuberancias que ocasiona la vida oscura en las profundidades, extraños corales agitaban colores rojos, anaranjados, violetas.  A trasluz descubrió un mundo inmenso, casi espantoso de tan viviente, tan movedizo. 
Subió hacia la verdosa superficie. El agua se abría sobre su frente, la fuerza empujaba hacia atrás su pelo, ya no movía los brazos ni las piernas, era un cuerpo compacto que se ondulaba al ritmo de la marea.  No sabía jugar con los peces, tampoco con las algas, así que agotada regresó a la piedra y se quedó quieta, inmóvil como un reptil, mirando su propia soledad, descubriendo el océano que había ignorado, aquella vida que le daba tanto miedo.
Todo era el pasado que regresaba de manera febril, se asomaba a la cotidianeidad de los habitantes del balneario para quitarles la realidad. Siempre eran otros tiempos, aunque la música sonara cada mañana en la radio del bar y los autos agitaran sus motores en la avenida de la costanera. Hundió los dedos en la dureza de la piedra. El océano debería haberse escurrido como una catarata pero permanecía fijo, casi petrificado. Los barcos pesqueros fueron regresando con una suerte de letargo al puerto; amarrados a los balaustres dormían el sueño de los muelles cuando la niebla del atardecer comenzó a descender. 

El cascabel de la caña de pescar comenzó a sonar.  Antes de pararse miró la caña con cierto desgano, luego se acercó y empezó a juntar la línea, lo hacía de manera enérgica como si hubiera nacido para ello, como si toda su vida hubiera girado en torno al mar. Con una mano sostenía la caña, mientras con la otra hacía girar el reel a gran velocidad.
Una chernia, en la trampa del anzuelo, se agitaba en el aire. Se retorcía tornasolando un resplandor plateado y borravino que la dejó encantada.  Si hubiera sido otra época, se habría horrorizado al quitar el anzuelo de la boca y tener que hundir innecesariamente un cuchillo para darle muerte, y así prevenir el sufrimiento de ambas.  Levantó las cosas y tomó la calle principal. 
En invierno la ciudad estaba habitada por aquellos que tenían la habilidad y la convicción de desaparecer durante el verano. Jamás el invierno albergaba la bulla del enloquecido aluvión de veraneantes.  Los habitantes del invierno eran diferentes, no andaban por las calles, ni daban señales de efusividad en ningún momento, todo sucedía adentro.  La ciudad era complemente del mar.
Al entrar a la casa, dejó la chernia en la cocina.  Los leños del hogar se habían consumido, así que agregó algunos troncos y se sentó a mirar el fuego.  La casa quedaba frente al mar, castigada día y noche por el viento, rodeada de algunos pastos ralos que crecían en la arena, condenada a sufrir esos bordes del mundo.  Los vidrios de las ventanas estaban manchados por el salitre y un colgante de caracoles sonaba en la galería de la entrada.  A ese sonido se sumaban las olas cuando rompían sobre los rastros de caracoles de la costa, el fuego que comenzaba a crujir, ese silencio plateado que se alzaba con la última hora del día.  
Colocó el pescado bajo el agua. Miró los ojos de la chernia, quedó embelezada con esa mirada.  Es raro sacar una chernia tan cerca de la orilla con una caña común, es más raro que una chernia ande por esas aguas bajas, pensó.  Tomó la cuchilla y abrió aquel cuerpo con un solo corte, como quien disecciona cansado de hacerlo, harto de abrir los cuerpos y de quedarse dormido sobre ellos.     
Afuera, el viento hizo caer la caña de pescar y la caja con los anzuelos.  El viento agitaba ferozmente el mar y hacía zumbar las grandes plantaciones de coníferas.  La noche era una sombra impresionante que venía avanzando desde el horizonte.  Imaginó la luz encendida de su casa desde afuera; una luz amarilla resplandeciendo en la inmensidad de la costa.  De a poco, fue sintiendo que la extensión absorbía sus movimientos, que la dejaba detenida sobre sí misma, ahogándose en la estrepitosa respiración. Hasta que tocaron a la puerta y todo finalmente se detuvo. 

Es posible ir durante años al mismo lugar para esperar a la misma persona.  Llevar hasta su fin cada ritual, adornar la vida con objetos del pasado, quedarse dormida sobre la noche de tanto dilatar el tiempo. De esta manera fue haciéndose parte de las piedras, estableció relaciones cercanas con los cuchillos y la muerte. 
Volvieron a golpear la puerta.  A la única persona que podía esperar era a Amalia.  A nadie más que a ella.  Aún tenía su diente guardado en aquel caracol que estaba sobre la mesa de luz.  Ese diente que se parecía tanto a los dientes de la chernia.  Todo se repetía de manera increíble.  El llamado a la puerta una vez más.  Su cuerpo sólido y acorazado como una roca.  Las olas golpeando nuevamente en el agotamiento de la vida.  La absurda costumbre de regresar, aquellos barcos partiendo cada mañana, el cencerro que seguía sonando, las ramas de los bosques en el vaivén, la voz de Amalia del otro lado, los cascabeles de la caña de pescar, el chasquido del fuego y las cenizas, las escamas de la chernia reluciendo en el aire, el viento golpeando las ventanas oscuras de la casa, la luz amarillenta de la casa como una luna diminuta arrojada sobre los médanos. Se repetía: ese corte preciso para abrir los cuerpos, los agónicos golpes en la puerta, la voz de Amalia que crecía como un espiral recorriendo los espacios de la casa, metiéndose dentro de un jarrón, debajo del piso de madera, pasando por el pasillo de las habitaciones, entrando en el cuerpo muerto de la chernia.
Volvieron a llamar.  Apoyó la cabeza sobre la puerta.  El silencio más absoluto comenzó a escucharse: el mar detuvo el vaivén de las olas, la marea estaba quieta, el viento había desaparecido, las plantas quedaron detenidas, el cencerro de caracoles fue dejando de sonar. En cuestión de minutos el mundo entró en un silencio abrumador. Un silencio aún más espeso que el de esas noches de verano, en las cuales los grillos y las chicharras cantaban y una mariposa nocturna se martirizaba para beber la triste luz de una lámpara. 
Permaneció con la cabeza junto a la puerta.  Nada, ni una respiración, ni el leve crujido de un paso sobre la gramilla reseca, ni el graznido de un búho sobre el alambrado, ni la arena acomodando semejante liviandad a los antojos de la brisa marina. Nada. Ni siquiera un golpe, sólo ese silencio que era la ausencia de todo, la ausencia de sus padres y de Amalia, la complicidad de ahogar la voz de la acusación con una almohada.  Ese silencio salvaje era como un animal sigiloso que se arrastraba por la traición del destino. Un animal que ocupaba el temor de la noche cuando mostraba su dentadura sanguinolenta; una boca sangrante como la boca de la chernia.  Aquel animal sagaz que dejaba su oscuro pelo por las paredes de la casa como una sombra profunda, corpórea, verdadera, que acechaba para arrancarle la última integridad de un zarpazo.
Nadie, nada, volvió a tocar a la puerta.  El silencio continuó demasiado tiempo. Alguien había apagado el mundo en ese sitio, lo habrían detenido. La habían guardado a ella y a su vida dentro de un frasco de vidrio, habían hecho girar la tapa hasta aprisionarla en esa manera de sobrevivir herméticamente cerrada.
En el preciso instante en que pretendía permanecer inmersa en la continuidad, en ese transcurrir donde no habría grandes sobresaltos, ni ningún tipo de expectativa algo vino a interrumpir su perfecta declinación.  Era una declinación bella como pocas, desde afuera parecía que nada sucedía, lo maravilloso era que las cosas caían en ese espacio interno donde todo sucede de modo delicado y absurdo.   De una declinación como ésa se hace cada vez más complicado escapar. Ella estaba enamorada de ese declive que llevaba estampado como un signo fatal en el fondo de su vista.
Quién podría tocar a la puerta sino era esa voluntad desmesurada de Amalia. A lo mejor, era ella la que estaba detenida bajo la luz de la entrada, esperando pasar a la casa para protegerse de los peligros de la noche o, mejor dicho, para permitir que esos peligros ingresaran a la casa. Ese objeto frágil y preciado que Amalia había moldeado desde los días de la infancia era su vida.  Amalia traía, como todos los ausentes, los juegos ocultos del amor, esa mezcla de ingenuidad y perversión en la que el olvido debe crecer para despertar al día siguiente.  Dejaría junto a la puerta aquel alimento peligroso del remordimiento y la culpa.  Cómo era posible sobreponerse a esa forma ilegítima de amar cuando la sangre las unía de manera irremediable. Para ella había sido imposible escapar de las dulces prisiones que Amalia había construido con el amor más cándido del mundo. Al igual que la chernia, ella había luchado por soltar el anzuelo, desprenderse de aquel hilo tirante que la extraía de sí misma.  Al igual que ese animal que sangraba por la boca, ella había tratado de perdonar a aquellas manos perdidas por las ansias de la depredación, aquellas manos con las que Amalia creó la esfera perversa del ámbito familiar.
Y sin embargo, la quería tanto a Amalia, que no dejaba de esperarla, que no sabía hacer otra cosa más que ser un poco como ella; depredadora, voraz, un cuerpo cubierto de escamas que abraza vehemente la vida ajena. 
Se acercó de nuevo a la chernia, ese cuerpo abierto en dos dentro de la pileta de la cocina.  Lo tomó con sumo cuidado.  Despacio, volvió a cerrarlo y lo depositó sobre un repasador que había preparado para eso. Lo envolvió con tanta ternura en cada movimiento, que parecían ser otras manos, no aquellas que habían manipulado el espantoso filo del cuchillo del remordimiento.  Trató a ese pequeño cuerpo como si fuera el cuerpo de Amalia o el cuerpo de ella, o a lo mejor un tercer cuerpo nacido de aquel dolor bello y constante. 
Cuando salió al jardín, el sonido del mar volvió a estirarse por los médanos, el viento nuevamente agitó los caracoles, las ramas, su pelo.  El silencio había desaparecido, las olas rompían contra las rocas de los acantilados del Sur.  Se arrodilló en la arena, hizo un pozo y enterró el cuerpo amortajado de la chernia. Tal vez no habría querido hacerlo, pero enterró el caracol con el diente de Amalia y finalmente tapó el pozo.    
Entró a la casa.  Del otro lado del living estaba Amalia, sostenía un bolso pequeño que ni siquiera se atrevió a dejar sobre el piso. Ambas se miraron.   Amalia recordaba perfectamente los juegos en el desierto de los médanos.  Recordaba cada detalle: el olor del mar por esos días, el reflejo del sol en los rostros, el sonido de sus nombres en la voz de su madre, los secretos entre ellas a la hora de la siesta.  Amalia tenía una memoria infalible, más bien, una forma de vivir tomando nota, clavando insectos con alfileres a los que le agregaba nombres de personas. Amalia recordaba cada detalle por más mínimo que fuera, y no se lo callaba sino que lo exponía delante de todos sin pudor.  Andaba como un cazador buscando su presa, aunque para ella fuese como buscarse a sí misma. Amalia había pensado por todos, y creyó que era conveniente poner algunas cosas en esa caja sin fondo que lleva una etiqueta capciosa donde dice “cosas normales”. Como aquellos que hunden las manos en la certidumbre y se jactan, como los que toman decisiones por otros, en nombre de otros, por el bien de otros; así Amalia operó día y noche bajo el principio pueril de que lo diferente debe ser aplastado. 
Desde afuera, la figura de un hombre se asomó por la ventana.  Cubierto por una capa de lluvia, ese hombre pensó en reunir a su familia como en los viejos tiempos.  Pero Amalia estaba parada frente a su hermana con esa forma familiar de ser, esa forma de mirar como si estuviera esperando que algún pez mordiera el anzuelo.        



sábado, 30 de julio de 2011

Los que no tienen adónde ir



Para Ale, por haberse equivocado tanto.

A veces los viajes no son lo que parecen.  Son estáticos y reiterativos.  Son caminos que pueden reducirse a las líneas dibujadas en las palmas de las manos, y que por ese mismo motivo, sus destinos no son exactos, son complejidades que se pierden en un mundo difuso. 
Nunca llegábamos al río que se reflejaba en el asfalto. Los neumáticos del auto parecían derretirse.  La desolación quemaba.  El calor nos aturdía. Los tapizados se incrustaban en la piel.  Y la ventanilla del Fiat 1500 que no bajaba.  Realicé extrañas contorsiones para aprovechar el viento que como un leve soplido entraba por el ventilete.  Cerré los ojos: pensé en un ventilador, en un vaso de agua con hielo.
No perdí de vista el reloj de la temperatura afirmado en el tablero del coche.  Íbamos callados y adormecidos por el verano. Después de las frenadas se escuchaban los golpes del bamboleo de los troncos guardados en el baúl.  Habíamos amarrado una remera a la punta del tronco que sobresalía y, fue así como quedé destinada a la tarea de cuidar el bamboleo de la carga, a observar de manera obsesiva los cambios de temperatura que podían registrarse en el reloj. 
Adquirimos una velocidad crucero: sesenta kilómetros por hora.  A esa misma velocidad transcurrían nuestras vidas hasta que comenzaban a declinar,  a fallar, a sofocarse como un motor ahogado, como un auto viejo que apenas puede con su carrocería. 
A través de las rendijas se colaba una brisa caliente que, de todos modos, servía para refrescarnos, pero de repente, como suele suceder con este tipo de cosas, digamos; en cosas por el estilo, como puede ser:  ir atento buscando y buscando para encontrar objetos que nos despisten o acercarse a la conclusión de que no se trata de cubrir una necesidad sino simplemente de sabernos arduos en la tarea de buscar y, lo que es más complejo, competentes para hacerlo, aunque después sólo haya un trozo de pan duro.  
En esa ocasión, fue una mesa de televisor dispuesta elegantemente junto al poste de luz en la vereda de una casa.  Era una mesa pasada de moda, cubierta de formica gris, con una estructura metálica oxidada y unas rueditas dobladas al final de las patas. Los tres la habíamos visto al mismo tiempo, digo esto, porque seguro que después todos tenemos la intención de adjudicarnos el descubrimiento de la mercadería.  Lo único que habíamos atinado a hacer, fue una exclamación al unísono, frenar el auto, y quedarnos observando la mesa por un instante. 
La cargamos con eficiencia y rapidez en el asiento de atrás.  Las seis manos la levantaban al mismo tiempo, al mismo ritmo, con un fervor y una devoción propia de un santo.   La santa mesa en la religión de los que buscan, de los que insisten en ir de un rincón a otro, pero no tienen por dónde sacar la cabeza.
En el viaje conversamos sobre los distintos usos y fines del hallazgo: el carrito multiuso, un amplio macetero, el refugio para el perro, la muralla divisoria, la repisa para exhibir la decadencia.
El hallazgo nos despabiló de la modorra.  El auto se deslizaba veloz sobre una pista de hielo. Los troncos habían dejado de moverse y nuestros cuerpos se iban deshinchando.  Los tres pensábamos en una cerveza fría.  Bien fría.
Cuando volví la vista hacia el reloj, la temperatura había aumentado cinco líneas.  Pensé que si esperaba podría suceder un milagro: el tiempo regresaría para seguir  hablando de la mesita y fumaríamos nuevamente unos cigarros a grandes bocanadas. 
Si daba aviso sobre el estado del reloj, Pablo comenzaría con los insultos, daría un manotazo hasta que las agujas marcaran lo imposible, bajaríamos los tres del auto.  Pablo abriría el capó, tocaría los cables, las mangueras engrasadas, esperaríamos durante horas sin tener la más mínima certeza de qué cosa  esperábamos.
Y sí...  me callé.
Veníamos del Oeste hacia el Oeste. No teníamos opción, por eso habíamos ocupado una casa en Villa Udaondo, pero las cosas se complicaban para salir del Barrio.  En las calles de tierra confluía cumbia villera, chamamé, hip hop y rock and roll, todo esto daba origen a un nuevo ritmo enloquecido que incitaba a la fiesta descontrolada del fin de semana.
A veces, esperábamos que llegara Olga con el Falcon a visitar a su hermano.  En otras ocasiones, nos movilizábamos con el Fiat de Pablo.  Era importante tener ciertas cosas en claro a la hora de subir al auto: los pies debían ir ubicados cerca de los zócalos, las puertas no podían abrirse desde adentro, el vidrio del acompañante no bajaba, el motor levantaría temperatura, el limpiaparabrisas no funcionaba.  Los días de lluvia frotábamos una papa pelada por el parabrisas y  esperábamos que el almidón nos sorprendiera.
El reloj me torturaba, si bien nunca se dijo,  de alguna manera quedó establecido que el acompañante debía vigilar los cambios de temperatura.  Evalué la situación; ya era tarde para avisar lo que estaba pasando.  Dudé,  pensé que todavía estaba a tiempo de decirlo, pero decidí concentrar mi atención al bamboleo del tronco, a cuidar que la remera no quedará por el camino, a hablar con Fer sobre las cañas de bambú.  Fer parecía estar muy lejos, salvo cuando encendía un cigarrillo y acomodaba su cuerpo abrazando la mesita,  fue en ese momento, cuando comencé a intuir que Fer ya pretendía cierto dominio sobre el mueble. 
Nunca habíamos tenido vivienda, ni rumbo fijo.   A veces, acunábamos un bolso en los innumerables viajes que comenzaban con desbordante entusiasmo.  A veces, hacíamos simples complicidades con simulacros para continuar y que alguien nos diera una mano.
Pablo había estado viviendo en La Boca durante meses, antes de llegar a la Villa.
Por ese tiempo, ocupó un pequeño ph colmado de humedad, con caños que se desangraban dentro de las paredes.  Se atrincheró en la propiedad para que un grupo de inmigrantes no tomaran la casa y tapó las aberturas con maderas.  En la noche permanecía despierto a la escucha de cualquier intento de usurpación.  Dejó la propiedad cuando enfermó de fiebre reumática y los peruanos, finalmente, entraron por la ventana del comedor.
Mientras Pablo viajaba por el Norte, en ese verano, yo buscaba un lugar donde quedarme.  Estaba cansada de arrastrar los bolsos por la ciudad, había encontrado una habitación con un balcón francés en Congreso.   Los que llegaron a conocer me decían: “tuviste suerte, esto es un palacete”, y no se habían equivocado.  El baño era compartido, pero en la habitación instalé un anafe y hasta estiré una soga en el balcón para colgar la ropa; ése fue el problema.  ¿Quién puede creer que una soga de dos metros y medio fuera el desencadenante del desastre?  No quise bajo ningún motivo, ya fuese por reglamento de la pensión o por pedido especial del encargado, por artículo en el código de convivencia de inquilinos, por ética o estética del edificio;  desarmar el tendedero.   No podía resignarme a dejar de ver la ropa colgada, agitándose en el viento, esplendorosa bajo el sol.  No quise y no pude quitar la ropa, juntar los broches, enroscar la soga, darme por vencida.  
Terminé en un hotel sobre la calle Independencia, pero tuve que dejar el lugar por no cumplir con las normas de la administración.  En esa ocasión, no fue el tema de la soga porque no había balcón, ni ventana, apenas un boquete en la pared. 
Lo que pasa es que los que no tenemos adónde ir, vamos a cualquier rincón, pero no dejamos un solo espacio sin habitar.  Probamos debajo de las escaleras, en los cajeros automáticos. Los que no tenemos adónde ir, vamos a todos lados, nos movemos para contrarrestar ese principio de quietud.  Pero es agotador y triste no saber dónde resguardarse cuando el movimiento se hace continuo y demencial. Los que no tenemos adónde ir, llevamos un mapa desplegado en la pupila y la melancolía de abandonar lugares a los que nunca se llega.
El problema es que todo el mundo se aburre del itinerante, no entienden esa acción constante de buscar y, al mismo tiempo, no buscar nada.    Es incómodo ver cómo una persona frecuentemente guarda ropa dentro de bolsas, acomoda frascos en una valija, estira un saco con magas sucias, se olvida el cepillo de dientes, lleva las medias junto a las monedas.   El itinerante es un ser reflexivo por naturaleza.  Evalúa incansable lo que realmente necesita y lo que lleva.  Estima el peso y la superficie de todo lo que cae en sus manos: un libro, un paquete de yerba, el recuerdo de dos caracoles, la ropa interior, unas botas de invierno, las chancletas de verano, las fotos del noventa y dos en las Toninas.
Nadie supo de dónde venía Fer. Al hablar tenía un acento santiagueño, pero una noche confesó que había nacido en  Misiones. La verdad es que no tenía importancia porque los que no tienen adónde ir, terminan quitándole importancia a la procedencia, es un método indispensable para explicar que aquello que no tiene desembocadura tampoco tiene punto de origen.  A lo mejor, desde un plano crédulo, había que profesar el budismo que Fer practicaba, por eso ese transcurrir, ese ir y venir sobre rieles a sitios desconocidos,  esa adrenalina de viajar sin saber en qué sitio se está cuando se desciende.   Fer se alimentaba de vegetales y había dejado las drogas para las situaciones de convite.  Fer trenzaba pulseritas, cinturones, aros, colgantes, collares, carteras, corbatines, morrales: era una máquina de trenzar, todo lo trenzaba: el destino, los caminos, las historias.  Trenzaba de día y de noche, mientras tomaba mate o fumaba.  Lo cierto, era que Fer estaba feliz de haber llegado a Buenos Aires, mientras nosotros lo único que queríamos era abandonar la ciudad lo antes posible. 
El auto dibujó la rotonda y los tres acompasamos con el cuerpo esa delicada inclinación.  La distancia siempre fue lo de menor importancia, sin embargo, parecía que faltaban interminables horas de viaje.  Comencé a medir el tiempo a través del reloj de la temperatura, la distancia y los puntos cardinales.  Me sumergí en cálculos inútiles.  Supuse que Fer podía ver el reloj desde su ubicación en el asiento de atrás y esperaba que, en algún momento, dijera algo, así que decidí despistarlo. Hablé más que de costumbre, coloqué el bolso sobre mis piernas para impedir que pudiera visualizar el reloj.  La transpiración se apoderó de mi cuerpo, la culpa me invadía.  A partir de ese momento, sería la culpable de sus desdichados destinos. 
Parecía que Pablo se había olvidado del reloj, o tal vez, me había delegado esa tarea y yo lo traicionaba.  Una loma de burro nos revolcó en los asientos.  Pablo se ensañó con la madre de la loma.  Era posible que empleara las mismas palabras para declararme inepta en mi tarea. 
Después de revisar nuevamente la situación deduje que lo mejor sería despojarse de ese maldito reloj.  Me felicité por tener la osadía de desafiar esa tortura que me había sido impuesta por el sólo hecho de ir sentada junto al conductor. Creo que cerré esa cadena de pensamientos cuando llegué a la conclusión de que no podíamos cambiar lo inevitable.
Fer encendió otro cigarrillo.  Sin decirnos una sola palabra ambos supimos que coincidíamos con la decisión de abandonar el reloj y eso nos llevo a formar una especie de complicidad entre nosotros.   Ninguno de los dos arrojaba el humo por la ventana sino que lo echábamos adentro del auto y  Pablo se molestó.
Pasamos el cartel verde que indicaba las direcciones, como si nos hubieran bajado un banderín, para declararnos fuera de carrera.  El motor humeaba. El humo inundaba la cabina. Miré desesperada el reloj; la aguja había quedado clavada en esa línea ancha y roja que significaba que ya no podíamos seguir.  Pablo descendió del auto, pateó la puerta, estiró los brazos hacia el cielo y, luego, los ubicó detrás de la cabeza.   Fer y yo esperábamos que esa ceremonia pasara lo más pronto posible.
Empujamos el auto hasta el cordón de la avenida y nos sentamos los tres en la vereda esperando algo.  Esperábamos tan fervientemente algo que todavía no podíamos discernir con certeza.
Pablo no dijo nada sobre el tema del reloj, y Fer fumaba un tabaco dulce.  El silencio invadió los cuerpos en la desolación de la calle, y yo me quedé mirando hacia atrás: el río ya lo habíamos cruzado pero, por ese entonces, aún no lográbamos comprenderlo.  Más adelante, estaba la curva y después, el mismo camino de siempre hacia ningún lugar.      

Este cuento obtuvo el 3er. Premio del XVII Concurso Literario Leopoldo Marechal, año 2010.